jueves, 8 de julio de 2010

CAPITULO 3

Aun recuerdo la mañana en la que decidí no hacerme más daño. Junto a la puerta del baño, en el pasillo de casa nos cruzamos de morros como de costumbre los sábados por la mañana. Y le dije: “tenemos que hablar”. Sí esa frase que es tan típica y que suena tan mal y que ojalá que nunca nadie me la diga. Su contestación fue:
-Es cierto. Tenemos que dejarlo ya no podemos seguir así-
Y eso fue todo. Esa mañana él se fue como de costumbre a desayunar a solas en la cafetería de abajo. Y yo a llorar desconsoladamente sobre mi almohada. Menudo día.
Decidió irse a casa de su hermana, para que “pensáramos” lo que íbamos a hacer. Sabíamos que esta no era una riña de tantas. Esta era la definitiva. Pero creo que él no se creía que fuera yo la que finalmente fuera más fuerte. De vez en cuando venía por casa a buscar algo de ropa. Lo sabía porque siempre dejaba las puertas de los armarios abiertas y no lo soportaba! Pero nunca lo corrigió. Seguro que esta vez se acordó pero para fastidiar más, las dejó así. Cuando llegué esa tarde de trabajar, y vi las puertas abiertas, fue como oler su perfume, como encontrarme un botón suyo o como recordar aquellos besos. Fue como dejar una pista “cruel” de que había estado allí. Por eso decidí largarme de una vez, después de soportar sus “estoy pero no estoy” en casa.
La semana antes de marcharme me trasladé a casa de Greta (sin saber que me iba a Formentera). Hasta que me di cuenta de que todas nuestras conversaciones se centraban únicamente en él…la pobre aguantó, hasta que me dio la idea de “escapar”. Yo creo que fue más en plan: “lárgate de una vez”. Menos mal que hace tiempo que nos conocemos y me recordó la casa de la familia en Formentera. Desde que murió la abuela, la familia (mi padre y su hermano) se planteaban qué hacer con ella: si alquilarla para verano, si venderla o si convertirla en un pequeño hostal. Pero como a nadie (excepto a mí y a la abuela) le gustaba el mar, ni siquiera se habían planteado aprovecharla para veranear ellos mismos allí. Hablé con mi padre y no me puso ningún impedimento. De momento tenía un mes por delante y luego ya veríamos, pues como en la empresa me debían vacaciones del año anterior, creo que ya era hora de pensar un poco en mí más que en los demás…
-Hola Pau- me dijo con una voz más seductora que nunca
-Hola, ¿cómo estás?- le dije a Victor
-Bueno, tirando. ¿Dónde estás niña?- mmmm qué significaba ese “niña” si hace un mes que ya no soy “tu niña” ni tú eres “mi niño”. Qué confianza de nuevo. Es como si no hubiera pasado nada (malo) entre nosotros.
-Víctor, ya no hay más “niña”. He decidido irme una temporada, tenía vacaciones y las voy a aprovechar.
-Pau, tengo que verte, he de hablar contigo. Esto no puede acabar así, en serio. He estado pensando mucho y creo que hay que dar un paso importante en la relación. Llevamos toda la vida juntos como para que acabe así-
-Víctor, ¿de qué estás hablando?-
-Yo también me he pedido vacaciones. Si quieres podemos vernos algunos días. Si no te has ido a Cancún, puedo pasar unos días y lo hablamos tú y yo solos, sin nadie más, lejos de todo…Huelo a mar desde aquí. Te has largado a Formentera… Pau si te conozco como si te hubiera parido-
Su voz suena tan tranquilizadora, sensual, viril, suena al Víctor que me ha vuelto loca siempre. Suena a la pasión que nunca he renunciado a tener con él. Un “sí” está a punto de salir de mi boca. De repente se muestra como nunca: desde cuando dice que me conoce como si me hubiera parido si nunca ha demostrado conocerme. Si su insensibilidad hacia mí ha sido patente muchas veces. Nunca ha ahondado en mi corazón, ni ha querido compartir sus sentimientos conmigo…
-Víctor no sé si será buena idea. Si lo que yo quiero es… “no verte”-mi cabeza es la que habla en ese momento. Pero mi corazón ahora mismo se metería entre sus brazos.
-Nena, creo que te equivocas. Venga voy a mirar unos billetes y me planto allí este finde, ¿te parece?-
(Cómo que nena… si ya no hay nena, ni niña, ni ostias en vinagre. Pero sabe cómo hacer que me derrita. Menos mal que tengo el agua bajo mis pies)
-Víctor no los mires porque estoy como has dicho en Cancún- y nota mi sonrisa al otro lado del teléfono. Intuye que es un sí, vente a Formentera.
Diego está limpiándose el barro de la piel en el agua. Y en pelotas y así como voy yo en esos momentos hace que lo mire como nunca lo he mirado.
-Niño tápate por favor, tápate que vengo malísima-
-Qué dices loca-
-Acabo de hablar con Víctor. Me temo que no te va a gustar lo que te voy a decir. Pero viene a verme. Quiere arreglarlo.-
-¡Y tú eres tonta! Arreglar el qué, si el jarrón está roto a añicos, aunque haya pegamento extra fuerte para arreglarlo, los trocitos son tan pequeños que no hay forma de hacer que coincidan-
-Mira lo sé. Pero no puedo evitar echarlo de menos. Tal vez como esta vez he sido la más fuerte y la que ha llevado “la batuta” en la ruptura, haya visto las orejas al lobo y haya recapacitado-
-Yo no quiero verlo, sabes que no lo soporto. Por cierto cuándo viene-
-No lo sé, creo que este fin de semana-
-¡Ay que dios nos pille confesados!-
Después del día en la playa, de desintoxicación con el barro untado y relax sobre la arena fina, siento como si nada de eso hubiera sucedido. Me siento rara otra vez, como ese polluelo pequeño y desvalido que se ha separado de la madre gallina y se encuentra perdido.

En el puerto es temprano y ya hace calor. El barco ya está atracando pero aún tienen que bajar los pasajeros. Estoy nerviosa y me enfado conmigo misma. Otra vez la débil, otra vez la cobarde, la floja… donde están los cojones que saqué en casa cuando decidí poner tierra por medio. En ese momento me crezco y me inflo como un globo. Me auto convenzo de que va a venir para hablar lo que yo ya tenía claro, que se ha acabado y que a partir de ahora empiezo una nueva vida y que él quiera o no, también tendrá que hacerlo.
Hasta que lo veo bajar la escalinata del barco con una camisa blanca y un macuto al hombro. Su bronceado da sombra a la valentía de la que hablaba hasta hace unos segundos… Víctor ha llegado a la Isla, estoy perdida.

CAPITULO 2

El sol entra por el estor de bambú que adorna la ventana y molesta a mis ojos. Despierta! Me llama la isla, esa que dicen que flota sobre aguas cristalinas.
En la mesa de centro yacía vacía la botella de vino, así como restos de “cubatas”. Sé que me acompañó Diego y que terminamos muy tarde, que hablamos mucho, pero poco más. Hacía tiempo que no cogía una moña interesante como esta, pero me hacía falta algo así.
Encendí el teléfono móvil, que recuerdo apagué antes de embarcar. Total en el mar no hay cobertura. Sonó ese ruidito estremecedor que me decía que tenía un mensaje. Y luego otro y otro más.
Aturdida lo miré, qué pasa ¡no puede una cogerse unos días de relax!, pensé mientras me sentaba en la mesa de la cocina, añorando una taza de café. Eran 2 mensajes de llamadas perdidas de Greta, mi compañera de trabajo y de piso. Y mi mejor amiga. Y el tercer mensaje era de ella misma. Lo leí y me desperté de repente.
“Cuando leas esto llámame. Víctor vino a buscarte a casa.”
Iba a llamarla, pero preferí prepararme antes. Esta conversación necesitaba concentración y antes el cuerpo me pedía ducha y café.
Con mi vestido blanco y mis chanclas romanas cogí la furgoneta para ir al pueblo más cercano. La casa estaba al ladito de una cala entre dos pueblos. Estaba todo cerca, pero lejos como para ir andando y más bajo aquel sol de Julio. Cafetería con sillas de mimbre y ceniceros de cáscara de coco, ideal para que me sirvieran un buen café con leche. Seguí la sugerencia de la camarera y lo acompañé de una tostada con tomate y jamón serrano mmm…
-Hola, ¿qué tal el viaje?- me dijo Greta al otro lado.
-Bien, ayer me acompañó Diego en la velada. Nos emborrachamos. Pero me vino genial. Ahora estoy como una rosa. ¿Novedades en el frente?
-Novedades sí. Me llamó Víctor por la tarde para preguntarme por ti y yo no sabía que no le habías dicho nada. Le dije que lo hablarais vosotros y que a mí me dejarais en paz. Pero luego se presentó en casa borracho a las once y media de la noche. Yo no sabía si abrir, pensé que se habían equivocado. Pero me dio una pena…. ¿No le dijiste nada?-
-Llevamos separados un mes. No tengo por qué avisarle de nada. ¿Qué te dijo?-me revoloteó una puta mariposa por el estómago.
-Pues poco. Me preguntó a dónde te habías marchado, cuando volvías, si te habías ido enfadada. Poco más-
-¿Y tú que le dijiste?- putas mariposas
-Tenía sueño así que para quitármelo de encima le dije la verdad. Que te habías ido de Mallorca unos días para pensar lejos de todo y que yo ya te avisaría para que lo llamaras….¡Y lo vas a hacer. No quiero volver a tener que aguantarlo tía!-
-¿Cómo lo viste?-
-Paula, llámalo por favor y lo averiguas tú. No quiero ningún marrón más como este que ya sois mayorcitos- A Greta se la nota bastante irritada.
-Ya lo sé Greta, lo sé. He de hacerlo. Pero aún no. Imagino que al ver que ya me había llevado toda mi ropa de casa se habrá dado de bruces con la realidad o que no sería capaz de hacerlo. Bueno ya te informaré-
-Pero llámale, eh!-
-Que sí pesada. Adiós guapa-

Claro que quería llamarlo pero quería darle su merecido. Por un lado me encantaba sentir que lo tenía preocupado y pendiente de mí, como nunca lo estuvo… pero por otro estaba tan confundida que no sabía cierto si lo estaba haciendo bien. Eran tantos años juntos. Decidí que le llamaría hoy, pero antes debía de hablarlo con Diego.
-Te recojo en tu casa y nos vamos a revolcarnos al barro, necesitas relajarte- le dijo Diego
Al poco rato me recogía enfrente de casa. En el codo llevaba otro casco tipo “orinal” que junto a mis gafas de sol me daba un aspecto muy retro. En estos momentos me sentía como una turista más, que aunque estuviera de “vacaciones”, sentía la necesidad de explorarlo todo. Hacía años que no volvía a la isla y poco había cambiado. Y por lo que noté, Diego seguía siendo el mismo.
-Me encantan tus tetitas , Pau- me dice el muy jilipollas
-Oye, como que pequeñas!-
-Yo no he dicho que sean pequeñas…tetitas engloba palabras como tiernas, suaves, tersas…como toca- se enciende un cigarrillo
-Anda! Cuidado no pringues el mechero de fango, que no tenemos más. Tengo que llamar a Víctor…pero no sé qué decirle-
-¿Y por qué has de llamarlo?-
-Imagino que aunque llevemos separado 1 mes, le debo una explicación. Creo que está sufriendo-
-¿Y qué es que tú no has sufrido, verdad?- dijo Diego irónicamente.
-Bueno hoy lo llamo para dejarle claro que estoy pensando y que ya cuando vuelva le digo. No quiero amargarme, que para eso me he venido aquí, para no amargarme y para aclarar todas mis dudas fuera de todo lo que me rodea y me hace pensar en él-
-Pau, creo que sigues enamorada de él-
-¡Qué dices!- ahora soy yo la que me enciendo cuidadosamente un cigarro, intentando no mancharlo todo de barro. Enamorada dice…

CAPITULO 1

Capitulo 1
Creo que ya no me queda ninguna caja por colocar. Eso de las mudanzas no sé porque me parecieron divertidas cuando las veía por la tele, con la casa llena de cajas perfectamente embaladas, que de repente aparecían cargadas en un camión en el que cabían todas y que aparecían en la casa nueva que siempre era mejor que la anterior… Que incrédula. Eso de la tele verdad que es una fantasía continua.
Alba y Greta me ayudaron a meter las cosas en la furgoneta que amablemente nos prestaron en la empresa. Cuando avisé que necesitaba “desaparecer”, se alegraron un poco todos. Nadie soportaba mi humor últimamente y hay un dicho que dice: “quiéreme cuando menos lo merezca, será cuando más lo necesite”. Y eso les pasó a todos… aguantaron el tipo a mi ceño fruncido de por las mañanas y a mis quejas absurdas, como por ejemplo estar el café de la máquina demasiado caliente, por gastarse la sacarina y no reponerla… saltaba por cualquier cosa.
Mi puesto no quedaría desocupado. Marcos conocía a la perfección mis casos y llevaría un buen seguimiento. A los niños del centro les encantaba hablar con Marcos, así que al jefe no le importó dejarme marchar una temporada fuera.
Cuando llegué a Formentera, la Isla me saludó con el vuelo de gaviotas sobrevolando el barco en el puerto. Al desembarcar la furgoneta, divisé la moto de Diego en la puerta de la cantina.
Aparqué aquello lleno de mis trastos y entré en la cafetería. Y allí estaba embelesado con una cerveza entre sus dedos. Hasta que me vio entrar.
-Hola preciosa, ¿cuando has llegado? No te esperaba hasta dentro de un cuarto de hora…-
-Tú siempre tan despistado… te dije que llegaría a las diez y media. ¡¿Y qué hora es?!-
-Me pierden las rubias en el bar, aunque sabes que los morenos son lo mío- dijo dando un trago a su cerveza “rubia”.
-Dónde te has dejado a… ¿cómo se llama? ¿Manuel, Vicente?-
-Mi nuevo ligue se llama Dani pero creo que le daré puerta… no es el mío-
-Diego, ¿cuándo vas a sentar la cabeza? Porque los gays la sentáis, no?- dije dándole un trago a su cerveza.
-Yo soy muy joven para hacerlo nena. Bueno has traído tus cosas, ¿no?- sacó la cartera para pagar – ¿No quieres nada?
-No cariño, tengo muchas ganas de llegar a casa y descargar todo eso. Pero no te preocupes, he traído solo lo esencial.
-Menos mal que tu abuela no vendió la casita. Siempre pensé que serviría para refugio de escritores y corazones rotos-
-Perdona Diego, yo no tengo el corazón roto. Soy la rompecorazones!!-
-Anda, sal- dijo sujetando la puerta para dejarme salir.
Yo en la furgoneta y él en la moto llegamos a la casa. Efectivamente agradecí a mi abuela no haber vendido esa casa. Los veranos que pasé allí me inundaron en cuanto abrí la puerta que crujió como muelle viejo. Parecía que abría la puerta de un castillo. Aunque en parte, aquello era como mi castillo, mi fuerte donde iba a protegerme de todo, a evadirme de todo.
Con ayuda de Diego saqué todas las cajas, bolsas, ropa con perchas… un autentico mercadillo, que dejé tirado en una de las habitaciones.
Saqué de una de las bolsas una botella de vino tinto y del armario pille dos copas. Diego era mi compañero perfecto para ese momento.
Nos sentamos en las sillas de la terraza aun llenas de polvo y con la brisa del verano bajo la sombra del porche y el ruido del mar de fondo, nos contamos nuestras vidas. Conocía a Diego desde la infancia, por mis veraneos en Formentera. Nos llamábamos primos, aunque no lo fuéramos. Nuestros padres vivieron en la misma calle, así que era habitual vernos.
Yo fui a la primera que le contó su homosexualidad. Por suerte, nadie tuvo problemas en aceptarlo. Excepto su novia… menos mal que me tuvo a mí cerca.
Ahora era yo quien necesitaba de él. Necesitaba un compañero de consejos, secretos, confesiones…