Aun recuerdo la mañana en la que decidí no hacerme más daño. Junto a la puerta del baño, en el pasillo de casa nos cruzamos de morros como de costumbre los sábados por la mañana. Y le dije: “tenemos que hablar”. Sí esa frase que es tan típica y que suena tan mal y que ojalá que nunca nadie me la diga. Su contestación fue:
-Es cierto. Tenemos que dejarlo ya no podemos seguir así-
Y eso fue todo. Esa mañana él se fue como de costumbre a desayunar a solas en la cafetería de abajo. Y yo a llorar desconsoladamente sobre mi almohada. Menudo día.
Decidió irse a casa de su hermana, para que “pensáramos” lo que íbamos a hacer. Sabíamos que esta no era una riña de tantas. Esta era la definitiva. Pero creo que él no se creía que fuera yo la que finalmente fuera más fuerte. De vez en cuando venía por casa a buscar algo de ropa. Lo sabía porque siempre dejaba las puertas de los armarios abiertas y no lo soportaba! Pero nunca lo corrigió. Seguro que esta vez se acordó pero para fastidiar más, las dejó así. Cuando llegué esa tarde de trabajar, y vi las puertas abiertas, fue como oler su perfume, como encontrarme un botón suyo o como recordar aquellos besos. Fue como dejar una pista “cruel” de que había estado allí. Por eso decidí largarme de una vez, después de soportar sus “estoy pero no estoy” en casa.
La semana antes de marcharme me trasladé a casa de Greta (sin saber que me iba a Formentera). Hasta que me di cuenta de que todas nuestras conversaciones se centraban únicamente en él…la pobre aguantó, hasta que me dio la idea de “escapar”. Yo creo que fue más en plan: “lárgate de una vez”. Menos mal que hace tiempo que nos conocemos y me recordó la casa de la familia en Formentera. Desde que murió la abuela, la familia (mi padre y su hermano) se planteaban qué hacer con ella: si alquilarla para verano, si venderla o si convertirla en un pequeño hostal. Pero como a nadie (excepto a mí y a la abuela) le gustaba el mar, ni siquiera se habían planteado aprovecharla para veranear ellos mismos allí. Hablé con mi padre y no me puso ningún impedimento. De momento tenía un mes por delante y luego ya veríamos, pues como en la empresa me debían vacaciones del año anterior, creo que ya era hora de pensar un poco en mí más que en los demás…
-Hola Pau- me dijo con una voz más seductora que nunca
-Hola, ¿cómo estás?- le dije a Victor
-Bueno, tirando. ¿Dónde estás niña?- mmmm qué significaba ese “niña” si hace un mes que ya no soy “tu niña” ni tú eres “mi niño”. Qué confianza de nuevo. Es como si no hubiera pasado nada (malo) entre nosotros.
-Víctor, ya no hay más “niña”. He decidido irme una temporada, tenía vacaciones y las voy a aprovechar.
-Pau, tengo que verte, he de hablar contigo. Esto no puede acabar así, en serio. He estado pensando mucho y creo que hay que dar un paso importante en la relación. Llevamos toda la vida juntos como para que acabe así-
-Víctor, ¿de qué estás hablando?-
-Yo también me he pedido vacaciones. Si quieres podemos vernos algunos días. Si no te has ido a Cancún, puedo pasar unos días y lo hablamos tú y yo solos, sin nadie más, lejos de todo…Huelo a mar desde aquí. Te has largado a Formentera… Pau si te conozco como si te hubiera parido-
Su voz suena tan tranquilizadora, sensual, viril, suena al Víctor que me ha vuelto loca siempre. Suena a la pasión que nunca he renunciado a tener con él. Un “sí” está a punto de salir de mi boca. De repente se muestra como nunca: desde cuando dice que me conoce como si me hubiera parido si nunca ha demostrado conocerme. Si su insensibilidad hacia mí ha sido patente muchas veces. Nunca ha ahondado en mi corazón, ni ha querido compartir sus sentimientos conmigo…
-Víctor no sé si será buena idea. Si lo que yo quiero es… “no verte”-mi cabeza es la que habla en ese momento. Pero mi corazón ahora mismo se metería entre sus brazos.
-Nena, creo que te equivocas. Venga voy a mirar unos billetes y me planto allí este finde, ¿te parece?-
(Cómo que nena… si ya no hay nena, ni niña, ni ostias en vinagre. Pero sabe cómo hacer que me derrita. Menos mal que tengo el agua bajo mis pies)
-Víctor no los mires porque estoy como has dicho en Cancún- y nota mi sonrisa al otro lado del teléfono. Intuye que es un sí, vente a Formentera.
Diego está limpiándose el barro de la piel en el agua. Y en pelotas y así como voy yo en esos momentos hace que lo mire como nunca lo he mirado.
-Niño tápate por favor, tápate que vengo malísima-
-Qué dices loca-
-Acabo de hablar con Víctor. Me temo que no te va a gustar lo que te voy a decir. Pero viene a verme. Quiere arreglarlo.-
-¡Y tú eres tonta! Arreglar el qué, si el jarrón está roto a añicos, aunque haya pegamento extra fuerte para arreglarlo, los trocitos son tan pequeños que no hay forma de hacer que coincidan-
-Mira lo sé. Pero no puedo evitar echarlo de menos. Tal vez como esta vez he sido la más fuerte y la que ha llevado “la batuta” en la ruptura, haya visto las orejas al lobo y haya recapacitado-
-Yo no quiero verlo, sabes que no lo soporto. Por cierto cuándo viene-
-No lo sé, creo que este fin de semana-
-¡Ay que dios nos pille confesados!-
Después del día en la playa, de desintoxicación con el barro untado y relax sobre la arena fina, siento como si nada de eso hubiera sucedido. Me siento rara otra vez, como ese polluelo pequeño y desvalido que se ha separado de la madre gallina y se encuentra perdido.
En el puerto es temprano y ya hace calor. El barco ya está atracando pero aún tienen que bajar los pasajeros. Estoy nerviosa y me enfado conmigo misma. Otra vez la débil, otra vez la cobarde, la floja… donde están los cojones que saqué en casa cuando decidí poner tierra por medio. En ese momento me crezco y me inflo como un globo. Me auto convenzo de que va a venir para hablar lo que yo ya tenía claro, que se ha acabado y que a partir de ahora empiezo una nueva vida y que él quiera o no, también tendrá que hacerlo.
Hasta que lo veo bajar la escalinata del barco con una camisa blanca y un macuto al hombro. Su bronceado da sombra a la valentía de la que hablaba hasta hace unos segundos… Víctor ha llegado a la Isla, estoy perdida.